Al igual que otras, reconoce que le escriben los libros. No sabemos si se los escribe un negro o un amarillo, ya que su afición por lo asiático es destacable. Sanchez Dragó es uno de esos raros de los que no quedan muchos por el mundo. Le da igual todo. Se atreve con lo que le pongan y no se corta a la hora de expresar sus ideas sobre la organización política de nuestro país. Hace unos días, en una curiosísima entrevista que le hizo esa entrañable mujer de escote indiscreto llamada cristina Tárrega, Dragó reconoció que de vez en cuando le gusta pegarse una alegría y que está a favor de la legalización de todas las drogas salvo del tabaco. Hombre, considero un poco exagerada esa afirmación. Se las dió muy de guay y se le fue un poco la olla, aunque entiendo que estando sentado frente a esa rubia exuberante uno no sepa ni lo que dice. Tranquilo Dragó, a mi también me pasaría. Sobretodo en esos momentos en los que Tárrega saca morros, cierra los ojos y toca un bolígrafo de manera sensual con sus dedos de la mano, de la mano derecha claro. Pequeño Dragó, qué raro eres, en el mal sentido de la palabra. Después de tanto izquierdismo del que nos has hablado, tantos años de pancartas e ideologías liberales, teorías taoistas y demás...tanto de eso y acabas dando el informativo, atril mediante, de Telemadrid. Qué manera más sucia de venderte. Pero ánimo, eres tan peculiar que en el fondo tienes tu gracia... la misma que Tárrega.
1 comentario:
Sánchez Dragó es uno de esos intelectuales (en mayúsculas) que no se han plegado a los nuevos derroteros que ha tomado la desnortada izquierda española. Estuvo donde debía hace treinta y tantos años, en su juventud. Ahora, pasados los setenta, hace su vida como le da la gana, sin rendir cuentas a nadie. Los acólitos del PSOE de hoy le tiran de las orejas porque no se muerde la lengua; le despojaron de su programa en Televisión Española para dárselo a un mercenario de PRISA que habla de todo con pleno desconocimiento. Lamentable maniobra del Gobierno, como lo fue también meter en la dirección de la Biblioteca Nacional a esa tal Regàs (que bien merecería un articulillo, mi querido Antonio). Pero hablar de doña Rosa supone desviarnos peligrosamente del tema que nos ocupa ahora.
Dragó es todo un personaje, estoy de acuerdo. Pero, por encima de su excentricidad -que puede llegar a rayar lo irrisorio, no digo que no-, es un hombre de cultura de los que ya quedan muy pocos. A él le debemos los mejores ensayos sobre historia mitológica de España que se han escrito hasta hoy, por ejemplo.
Respecto a su papel como presentador de informativos, qué quieres que te diga. A mí me da pena verle ahí, desempeñando un puesto que le viene pequeño. Él no es como Gabilondo, no sabe vender la mercancía con esa maestría. Mejor le vendría a Dragó retirarse a su madrugada de los viernes y continuar su silenciosa labor literaria, aunque de vez en cuando tenga que recurrir a la pericia de un negro que le preste la inspiración. Claro, que a Dragó ya todo le da igual porque es perro viejo, ya no tiene que afanarse por labrarse una reputación; se la ha erigido, demolido y reconstruido durante cuatro intensas décadas de labor intelectual.
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